La cosa iba bien. Teníamos varios proyectos en marcha y esperábamos entregar los resultados de calidad que habíamos prometido y conseguir un buen beneficio. Nuestros recursos eran limitados, pero nos sentíamos fuertes, seguros e ilusionados. Fue entonces cuando llegó un nuevo encargo: un gran cliente con futuro, un proyecto muy interesante y beneficios atractivos.
No sabía qué hacer. La ilusión seguía ahí, pero el equipo estaba ya tensionado. Cuando llegó el último proyecto, habíamos tenido que asumir un trabajo no previsto para el que casi no había hueco. Además, teníamos una baja provisional que nos estaba poniendo las cosas aún más difíciles. Se notaba cierta crispación en el ambiente.
¿Qué podía hacer? Era un rompecabezas al que no le encontraba solución. No quería prescindir de la nueva oportunidad —no nos llegaban con frecuencia—, pero tampoco quería estropear el buen rollo en el equipo. Me estaba volviendo loco.
Fue entonces cuando acudí a mi IA. Le expliqué detalladamente la situación. Me preguntó algunas cosas más, le respondí y se puso a pensar. Al cabo de unos minutos me propuso tres escenarios y una recomendación.
Lo leí con fruición. Una, dos veces. Tenía sentido. Había entendido y racionalizado la situación, y la recomendación tenía sentido. Me sentí aliviado al momento. Tenía un apoyo que hasta entonces no encontraba y, además, una propuesta de solución.
La propuesta era creativa, sí, pero también razonable. La leí una vez más y me puse a garabatearla en mi cuaderno. Sí, tenía sentido. ¿Cómo no lo había pensado yo antes? La acepté y la hice mía.
Al día siguiente se lo comuniqué al equipo. Les dije que sí aceptaríamos el nuevo encargo y les expliqué cómo lo haríamos. No les dije que la propuesta venía de una IA.
“La acepté y la hice mía”. Eso fue lo que hice con la idea que me propuso mi IA. Primero me llegó el alivio; después, el trabajo de estudiar los tres escenarios. En esta ocasión ejercí mi criterio, el criterio humano: valoré las opciones y acepté la recomendación. Aceptarla, sin más… no era la situación adecuada.
La acepté y la hice mía
“Al día siguiente se lo comuniqué al equipo”. Una propuesta nacida en una conversación entre la IA y yo pasó a organizar el trabajo de otras personas. Es decir, el ejercicio de mi criterio —o su ausencia— tiene consecuencias para la gente que trabaja conmigo.
Al día siguiente se lo comuniqué al equipo
Pensé entonces que a veces acepto propuestas sencillas de la IA —como el resumen de un texto— casi sin verificarlas. No tiene las mismas consecuencias que decidir sobre el trabajo de un equipo. Pero ¿podría esa costumbre de confiar casi por completo trasladarse también a esas decisiones?
Me acordé de la “Escalera del Criterio” que describimos en el primer artículo de esta serie. A medida que bajamos sus peldaños, podemos pasar de examinar lo que nos propone la IA a aceptarlo sin cuestionarlo. La confianza aumenta y nuestra intervención disminuye, hasta dejar de ejercer nuestro criterio en la decisión.
Esta vez había estudiado bien los escenarios antes de decidir. La IA me había propuesto una solución y yo se la había comunicado al equipo. Pero claro, empecé a pensar: ¿y si la próxima vez estudio solo superficialmente la propuesta de la IA? ¿Y si en la siguiente, esa en la que estoy muy liado y sin tiempo, confío en la IA, acepto su propuesta sin estudiarla y se la comunico al equipo?
El procedimiento sería muy parecido: me reuniría al día siguiente con el equipo, les comunicaría la decisión y les transmitiría las instrucciones. La propuesta seguiría viniendo de la IA, pero esta vez yo no la habría valorado. Seguiría siendo el CEO, aunque en esa decisión me habría limitado a transmitir su recomendación. Y el equipo ni se daría cuenta.
Y eso es lo que me dejó inquieto: puedo dejar de ejercer mi criterio humano sin que aparentemente cambie nada en mi forma de liderar la empresa. Pero sí, algo cambia para todos. Esa propuesta que viene de la IA y que yo no he estudiado se convierte en sus prioridades, sus tiempos y los proyectos a los que dedicarán su esfuerzo. Ahí está el salto de la persona a la empresa.
Puedo apoyarme en la IA, estudiar sus propuestas y hacerlas mías. Eso fue lo que hice en aquella ocasión. Pero también puedo acostumbrarme a transmitir sus recomendaciones sin valorarlas. Desde fuera, las dos situaciones parecen iguales:
IA → CEO → Equipo
IA → CEO → Equipo
El CEO sigue ahí. La diferencia está en si sigue ejerciendo su criterio.
¿En cuál de las dos líneas estás?
PIENSAS TÚ · El cierre de la serie
Con este artículo terminamos PIENSAS TÚ: cuatro paradas, desde nuestros hábitos cotidianos hasta las decisiones que organizan el trabajo de una empresa.
Que la IA piense cada vez mejor no garantiza que tú sigas pensando.
Parte 1 · ¿Piensas tú o dejas que te piensen?
Nadie deja de pensar de golpe: cada peldaño parece razonable, hasta que miras atrás. Substack
Parte 2 · La IA responde. ¿Pero quién decide?
Cada respuesta lleva decisiones dentro. ¿Has comprobado si sus prioridades son las tuyas? Substack
Parte 3 · Puedes acertar y estar perdiendo el criterio
Una buena respuesta puede resolver el problema de hoy y saltarse el aprendizaje que necesitas para decidir mañana. Substack
Parte 4 · El CEO de mi empresa es una IA
Cuando dejas de valorar una propuesta, tu equipo puede seguir trabajando sin advertir quién está decidiendo.


