La economía sin trabajo — Cuando la abundancia exige un nuevo contrato (y un nuevo sentido)
Podemos llegar a producirlo casi todo. Y a la vez, no tener quien lo compre.
Eso es lo que ocurre cuando la productividad se dispara pero el trabajo —que era el mecanismo por el que la mayoría accedía a ingresos, identidad y sentido— deja de ser necesario en la misma proporción.
Durante siglos, la economía mundial casi no creció. Hasta 1700, según datos recogidos por The Economist, el output global avanzaba en torno a un 0,1% anual. Era un mundo donde lo normal era la escasez, la repetición y el límite. Después llegó la máquina de vapor, la industrialización, la electricidad, la organización moderna, el motor, la tecnología. Y la pendiente cambió.
No cambió de golpe, pero cambió para siempre. El crecimiento pasó del 0,1% al 0,5%, luego al 1,9%, y en el siglo XX se estabilizó cerca del 2,8% anual. Dicho de otra forma: cada gran revolución tecnológica no solo produjo más cosas; cambió lo que una sociedad podía esperar del futuro.
Por eso quedarse en el goteo de titulares —tantos miles de empleos en riesgo, tantos despidos en tal sector— es perder de vista la pregunta de fondo. Si algunos modelos extremos hablan de crecimientos del 20% o 30% anual, quizá no estamos discutiendo una herramienta más, sino la posibilidad —incierta, exagerada tal vez, pero no absurda— de otro cambio de régimen.
Y ahí aparece la cuestión incómoda: ¿qué ocurre si somos capaces de producir mucho más, mucho más rápido, pero seguimos usando el trabajo como principal mecanismo de renta, identidad, demanda y legitimidad social?
El trabajo nunca fue solo trabajo
Llevamos décadas hablando del trabajo como si fuera un mercado: oferta, demanda, salarios, productividad. Pero el trabajo nunca fue solo eso.
Es lo que ordena tu día, lo que te define en una cena con amigos, lo que financia tu consumo y, casi sin que te des cuenta, lo que te explica a ti mismo por qué te mereces lo que tienes.
Eso no se sustituye con un gráfico de PIB.
Por eso me parece insuficiente el debate sobre IA y empleo cuando se reduce a contar puestos. La pregunta interesante no es cuántos empleos destruirá la IA. Es qué pasa con todo lo que el trabajo hacía además de pagar facturas.
La IA ya no quita tareas. Empieza a redibujar la vida laboral.
Hace poco escribí que la IA no te quita el trabajo, te quita las tareas. Sigo pensando lo mismo. Pero los agentes de IA están subiendo la apuesta.
No son una herramienta que hace más rápido lo que ya hacías. Se encargan de procesos enteros: investigar, escribir, programar, analizar, coordinar, vender, atender, decidir. En algunas áreas no sustituyen un puesto. Sustituyen capas enteras de intermediación que dábamos por inevitables.
¿Resultado? Quizá no desaparezca el trabajo. Pero sí puede dejar de ser el mecanismo universal por el que la mayoría accedemos a nuestra identidad e, incluso, a nuestros ingresos.
El circuito que se rompe por dentro.
Aquí está, para mí, el corazón del asunto. La IA promete elevar la productividad a niveles que no hemos visto nunca: producir más, mejor y más barato con cada vez menos trabajo humano por unidad producida.
Suena bien. Pero si seguimos el hilo, llegamos a un sitio incómodo.
Si para producir hace falta cada vez menos trabajo humano, hay menos salarios repartidos en la economía. Si hay menos salarios, la mayoría de la gente tiene menos ingresos. Si hay menos ingresos, hay menos capacidad de consumo. Y si no hay quien consuma lo que se produce —por mucha productividad que haya en la oferta—, el sistema se rompe por el lado de la demanda.
Esa es la paradoja: podemos llegar a producirlo casi todo y, a la vez, no tener quien lo compre. Lo que en otro lugar he llamado abundancia que no aterriza: mucha producción arriba, cada vez menos retorno abajo.
No es teoría futurista. Lo llevamos viendo en pequeño desde hace años, en sectores donde la automatización se ha llevado las ganancias hacia el capital y no hacia los trabajadores. Lo que la IA cambia es la escala y la velocidad: pasa de ser un problema sectorial a uno sistémico.
Y deja la pregunta política en otro plano. Ya no va de quién gana más. Va de cómo evitamos que el circuito se rompa: cómo aseguramos que haya ingresos —y por tanto demanda— en una economía donde el trabajo cada vez aporta menos.
Una posible respuesta: la renta básica (entre otras).
La renta básica universal lleva décadas en el debate público. La defienden tradiciones muy distintas —desde liberales como Milton Friedman hasta tecnólogos de Silicon Valley pasando por la izquierda clásica— y se ha pilotado en lugares pequeños y diversos. La conversación casi siempre se ha dado en términos defensivos: red de seguridad, alivio en crisis, parche frente al paro estructural.
En un escenario de productividad disparada por la IA, deja de ser solo un parche. Pasa a ser un mecanismo posible para sostener el circuito: garantizar que haya ingresos, y por tanto demanda, aunque el salario ya no baste.
No es la única opción. Hay otras: dividendos por participación en infraestructuras digitales, fondos soberanos de productividad, jornadas reducidas, fiscalidad sobre el capital algorítmico.
Mi apuesta, si me preguntas: que quienes ganen dinero sustituyendo trabajo humano por máquinas paguen más impuestos por ello, y que parte de lo que genera la IA revierta en la sociedad como si fuera un bien común, no solo en los accionistas de quien la despliega. No porque sea la solución perfecta, sino porque es la que tiene más posibilidades de aguantar políticamente sin depender de grandes acuerdos que nunca llegan.
La renta básica universal me parece honestamente atractiva como complemento. Pero nos movemos demasiado despacio y cuesta demasiado dinero. En Europa, llegaría tarde y a medias.
Lo que Noruega hizo bien.
Una pista interesante viene de Noruega. Cuando identificó una fuente extraordinaria de riqueza —el petróleo—, decidió no consumirla entera ni dejar que se la quedaran unos pocos. La institucionalizó. Creó el Government Pension Fund Global, hoy el mayor fondo soberano del mundo, con cerca de 2,1 billones de dólares en activos. No paga cheques anuales: financia presupuesto público, protección intergeneracional y estabilidad frente a la volatilidad del crudo.
La pregunta es si la productividad extrema de la IA no nos pide algo parecido. No subsidios. Arquitectura.
El contrato social en juego.
Llamamos contrato social al pacto implícito que sostiene una sociedad: cómo se reparten derechos, oportunidades, riqueza y responsabilidades, y qué se espera de cada parte a cambio. Es una idea vieja —la formalizaron Hobbes y Rousseau hace siglos—, pero muy concreta. Hay un acuerdo tácito sobre quién aporta qué y quién recibe qué.
Nuestro contrato social actual está construido casi entero sobre el trabajo. Trabajas, recibes ingresos, consumes, pagas impuestos, generas derechos. Sentido, identidad y pertenencia, incluidos en el lote.
Si la IA descentra el trabajo, ese contrato deja de cuadrar. No basta con apuntalarlo con subsidios. Hay que rediseñarlo. Y ahí, además de mecanismos para sostener la demanda, conviene mirar a quién pertenece lo que se produce. Dos piezas concretas para empezar:
Propiedad distribuida del capital de IA. Si la riqueza sale cada vez más de modelos, datos e infraestructuras compartidas, lo lógico es que la ciudadanía sea copropietaria de ese capital, no mera espectadora. Dividendo por participación, no subsidio por necesidad. Es la diferencia entre un parche y un derecho.
Fiscalidad invertida: gravar la automatización, no el salario. En casi todo Occidente, el trabajo humano paga impuestos altos y el capital algorítmico casi ninguno. Si la IA desplaza trabajo humano, lo coherente es bajar la presión fiscal sobre el salario y subirla sobre los sistemas que lo sustituyen. Bill Gates lo propuso hace años. Nadie ha querido aterrizarlo. Quizá ya toca.
Y, sobre todo, velocidad.
Las instituciones siempre llegan tarde a las revoluciones tecnológicas. Tarde al impacto del libre comercio en regiones industriales enteras. Tarde a la financiarización de los noventa —el peso creciente de las finanzas (banca, fondos, productos derivados, especulación) por encima de la economía productiva real, que terminó desembocando en la crisis de 2008. Tarde a las plataformas digitales —todavía estamos pagando la factura en privacidad, atención y democracia.
Esta vez, el desfase entre la velocidad de la tecnología y la velocidad de la política puede no admitir compensación.
Eso ya no lo deciden los modelos. Lo decidimos nosotros. O lo dejamos de decidir.
¿Cuál de estos mecanismos te parece más viable en el contexto europeo —renta básica, fiscalidad sobre la automatización, propiedad distribuida del capital de IA? ¿O crees que ninguno llega a tiempo?
— Llevo años ayudando a empresas a implementar IA de forma práctica. Escribo cada semana sobre el contexto que rodea esas decisiones, porque entender el marco hace mejores las implementaciones. Si quieres seguir esta conversación —o hablar de cómo aplica esto a tu empresa— nos vemos aquí la próxima semana.



