Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia infeliz lo es a su manera.
La frase abre Anna Karénina, la obra maestra de Tolstói, y lleva casi 150 años sin gastarse. Muestra una asimetría: la felicidad tiene una estructura común; la infelicidad, en cambio, se rompe por cualquier parte y de mil maneras distintas.
Leí esta novela hace años y ha vuelto a mí hace poco leyendo a otro autor que la citaba al revés, 136 años después. Es lo que tienen estas frases que duran y duran: se dejan invertir. Esta casi lo pedía.
Un juego nuevo
El otro autor es el empresario e inversor Peter Thiel. En De cero a uno, publicado en 2014, toma la frase de Tolstói y la da la vuelta: en los negocios ocurre justo lo contrario, todas las empresas felices son diferentes. Cada una ha resuelto un problema único, ha creado una posición difícil de sustituir y ha escapado, al menos durante un tiempo, de la competencia directa. Las empresas fallidas, en cambio, se parecen demasiado: prometen lo mismo, usan el mismo lenguaje, persiguen a los mismos clientes y sobreviven a diario por un margen pequeño o por una funcionalidad que la competencia ya había incluido primero. Compiten con frecuencia por las migajas.
Escapar de esa pelea exige encontrar algo que los demás ni siquiera están mirando. La empresa que lo consigue termina jugando, durante un tiempo, a un juego propio.
¿Y de dónde sale esa diferencia? De una verdad que casi nadie ve todavía: no una ocurrencia, sino algo cierto sobre el mercado que el mundo aún no ha confirmado. Quien la posee puede construir donde nadie más está construyendo. Quien no la posee, compite.
Doce años que abarataron las ideas
Entre Tolstói y Thiel pasaron 136 años. Entre el libro de Thiel y este artículo, solo doce. Y sin embargo el mundo que describía De cero a uno queda casi tan lejos como la Rusia de los Karenin.
La lógica de Thiel conserva su fuerza, aunque el precio de las cosas ha cambiado. Thiel observó empresas nacidas cuando dar con esa verdad era caro: investigar exigía mucho tiempo, formular una tesis propia exigía haber leído y reflexionado en profundidad, viajado y conversado más que los demás, y construir un prototipo exigía capital y equipo. En ese mundo, una verdad que casi nadie veía era escasa por definición: llegar hasta ella costaba una parte de tu vida.
Ese precio se ha hundido. El AI Index de Stanford ofrece una señal del desplome: entre noviembre de 2022 y octubre de 2024, el coste de utilizar un modelo de IA con un rendimiento comparable al de GPT-3.5 cayó más de 280 veces. Hoy cualquiera puede investigar un mercado en una tarde, generar veinte ideas plausibles antes de comer, redactar un posicionamiento impecable y levantar un prototipo en días. Y quien evalúa —el inversor, el cliente, el comprador— usa las mismas herramientas para producir y descartar hipótesis a la misma velocidad.
La consecuencia es que la tesis de 2014 ya no basta: cuando parecer distinto cuesta tan poco, deja de valer. La idea que casi nadie tiene ya no es tan rara. Lo que escasea es otra cosa.
Cinco propuestas en un día
Lo sé por un caso que conozco bien y de primera mano. Un cliente del sector industrial, que acumula teras de documentación —diseños, presupuestos, pedidos, desarrollos de años—, quería que, al entrar un pedido nuevo, el sistema encontrara los casos similares del pasado —piezas, presupuesto, formato, tiempos— para ganar horas en cada gestión. En un día se le presentaron, con ayuda de la IA, cinco formas distintas de buscar esas similitudes, cada una con sus ventajas, y una seleccionada como la más apropiada. Cinco ideas plausibles en una sola jornada.
La respuesta del cliente llegó casi más rápido. Ninguna le servía. Por seguridad, por velocidad y por algo más difícil de encajar: las personas que hacían esa búsqueda a mano habían desarrollado, tras años de experiencia, un olfato que daba con el documento correcto y con suficiente rapidez casi siempre. Aquellas cinco ideas, tan rápidas de producir, no le aportaban nada que él no tuviera ya.
Se habían generado cinco ideas en un día. Ninguna valía, porque ninguna le daba al cliente un valor que él no tuviese.
Lo que ha cambiado de precio
Aquí aparece una tercera inversión. Tolstói dijo que las familias felices se parecen. Thiel respondió que las empresas felices son distintas, y que esa distinción nacía de una verdad que casi nadie veía. Hoy la idea ha dejado de ser el bien escaso. La IA genera cinco antes de comer, y otras cinco para el competidor de al lado.
Lo escaso se ha desplazado. Ya no está en tener la idea. Está en que el cliente perciba, en su propia operación, que le aporta un valor que antes no tenía. Lo que el cliente no nota es un buen texto para una web: hoy los escribe cualquiera. Un valor que el cliente reconoce, y por el que cambia su forma de trabajar, es lo único que ya no se genera en una tarde.
Esto no vuelve pequeño a Thiel; lo actualiza. Él buscaba una verdad que casi nadie veía, y sigue haciendo falta. Lo que ha cambiado es lo que la convierte en diferencia: antes bastaba con verla; hoy hay que lograr que el cliente la note.
El cliente tiene la última palabra
Tolstói comprimió en una frase la asimetría de las familias. Thiel la invirtió para las empresas. La IA la invierte una vez más: hoy una empresa puede parecer distinta en una tarde, pero solo lo es de verdad cuando un cliente cambia por ella.
La idea la pone cualquiera. El valor lo pone el cliente.
Para seguir el hilo
Este artículo es un interludio de PIENSAS TÚ, una de las series que publico en Criterio humano. En ella exploro qué ocurre con nuestro criterio cuando trabajamos con inteligencia artificial.
En este interludio, la pregunta pasa de la persona a la empresa. Si quieres seguir por ahí, en la serie IA y empresa (El mapa que ninguna empresa tiene) desarrollo cómo una organización puede conservar su contexto, aprender de sus decisiones y no empezar de cero cada día.
La apertura de Anna Karénina corresponde a la traducción de Víctor Gallego para Alba Editorial. El dato sobre el coste de los modelos procede del AI Index 2025 de Stanford.


